"Maestra, se me ha fundido el libro"

Hoy he tenido el examen de Literatura. La asignatura corresponde al primer cuatrimestre, pero por mis cosas, no pude examinarme entonces. Después de que el profesor me haya hecho cabrear por ciertas cosas que no tenía que haberme dicho (que luego se quejan los funcionarios de que les bajen los sueldos, y la gran mayoría demuestra que, si pueden escaquearse de su trabajo a la más mínima oportunidad, lo hacen) he hecho el examen y me ha salido bien. Esperemos a ver de qué humor me lo corrige...
Aprovecho para poner aquí la columna que tuvimos que escribir para evaluar la asignatura, ahora que ya está la suerte echada y nadie puede robármela. Los libros electrónicos cada vez son más nombrados y se habla de desaparición casi total de los tradicionales dentro de una década aproximadamente. No me pareció más idóneo ningún tema sobre el que hablar para esta asignatura. Espero no me lluevan muchas piedras:

“Maestra, se me ha fundido el libro”

Desde que era muy pequeña, me encanta leer. Conservo mi primer libro como el mayor de mis tesoros; puedo ver su portada tan sólo con cerrar los ojos, del mismo modo que puedo leer sus páginas sin tenerlas delante. Quizás sea fanatismo, quién sabe si afición. Yo prefiero llamarlo amor.
Los amantes (los verdaderos amantes) de la lectura no tardamos mucho en convertirnos en grandes coleccionistas de libros. Nuestras casas suelen estar adornadas con enormes estanterías donde descansan todo tipo de volúmenes de tamaños, formas y colores de lomo diferentes. No importa su peso, ni el espacio que ocupen; si están minuciosamente ordenados, o colocados al azar. El caso es que están ahí.
Hace aproximadamente una década, empezaron a escucharse rumores sobre el libro digital. Un libro que ya no era un libro; que separaba el contenido del continente; que permitía almacenar en un frío archivo de ordenador cualquier obra maestra literaria.
Durante los primeros años tras la aparición del libro digital, su acogida entre los lectores fue mucho más tibia de lo que sus precursores seguramente habían esperado. Todo lo que tiene que ver con la tecnología y sus novedades se introduce en la sociedad a una velocidad tal, que lo que ayer nos era del todo desconocido, mañana será un artículo de primera necesidad.
¿Por qué iba a ser diferente en este caso?
Para responder a ésta pregunta, me veo obligada a volver al tema de los amantes (los verdaderos amantes) de la lectura que, decía antes, somos grandes coleccionistas.
Como tales nos gusta, o más bien, nos enorgullece contemplar nuestra colección. Ver cómo van evolucionando nuestros gustos literarios a lo largo de nuestra vida es algo que puede hacerse a simple vista al mirar una biblioteca personal. Cada tomo es parte de un tesoro que hemos ido recopilando poco a poco y que está ahí, presente para cuando queramos palparlo, ojearlo, e incluso (¿por qué no?) olerlo.
Nada me resulta más gratificante que sentarme en el sofá un día de lluvia con la lámpara encendida y que, mientras leo, sólo se escuchen las gotas de agua caer y las páginas del libro pasar.
Doy fe de que no soy la única persona a la que le ocurre esto con los libros. Si fuese cosa mía quizás pensaría que estoy loca; pero he tenido el gusto de charlar con algunas personas que considero ilustres y que guardan hacia el libro “tradicional” los mismos sentimientos que yo.
Pero como el amor no quita el conocimiento, debo admitir que las ventajas más importantes del libro en formato digital puedan ser razones de peso (literalmente) para acercar a la lectura a todas aquellas personas a las que resulte incómodo coleccionar libros. Ya sea por la cantidad de espacio que ocupan, lo difíciles de trasladar que son en una mudanza o lo que duelen los brazos cuando intentas leer un tomo de volumen considerable boca arriba mientras tomas el sol.
A mí, personalmente, todas esas situaciones me resultan mucho más llevaderas que intentar leer un libro de más de veinte páginas en la pantalla de un ordenador. A pesar de que paso la mayor parte de mis horas de trabajo, e incluso de ocio, delante de uno; en el momento en que intento leer un libro en pantalla no puedo evitar que mi vista acabe cansada a los cinco minutos. Eso sin contar con el hecho de que normalmente cuando estamos frente a un ordenador, acabamos inevitablemente haciendo tres o cuatro cosas a la vez; lo que hace que no nos concentremos del todo en la lectura.
Razones como éstas, imagino, son el motivo por el que el libro digital no ha tenido el éxito esperado durante sus primeros años de andadura.
Sin embargo, desde la aparición de los primeros aparatos (a los que también se denomina libros digitales o electrónicos) destinados especialmente a almacenar los archivos de texto en su interior; la demanda ha ido en aumento.
Los dispositivos en cuestión son pequeños, pero no lo bastante como para que sea incómodo leer en ellos por su tamaño. Tienen capacidad para almacenar varios libros, cientos incluso; son manejables, móviles y consumen poca energía. Además, los últimos modelos permiten también almacenar y escuchar música y descargar directamente por internet a través de ellos los archivos de libro electrónico. La sensación de estar leyendo en pantalla disminuye muchísimo también gracias a la aparición de la tinta electrónica, que debido a la ausencia de iluminación propia y a un alto contraste, consigue de manera muy lograda un “efecto papel”.
La llegada de este soporte específico ha hecho que, durante los últimos años, el libro digital haya cogido fuerza: los libreros de todo el mundo parecen estarse preparando para lo que puede ser un cambio radical dentro de su profesión. Las empresas editoriales cada vez tienen más sitio en internet, renovando la que había sido su tarea conceptual hasta ahora. Si hoy en día una librería no tiene tienda on-line es que no está acorde con los tiempos.
Se habla de la desaparición del almacenamiento de libros de papel en las librerías y de la impresión por pedido. Todo será tan fácil como ir a decirle al librero el título que quieres y éste lo imprimirá en pocos minutos en su mismo local. Se dice que con ello se contribuirá a la ayuda al medio ambiente y que los precios de los libros físicos se abaratarán.
Pero ante todas estas supuestas ventajas, yo me pregunto:
¿No verán los libreros más económico introducir un archivo en el dispositivo que un cliente lleve a su tienda, antes que hacer una gran inversión en una máquina que puede que usen en raras ocasiones, dada la fanática tendencia tecnológica de nuestra sociedad?
Estoy de acuerdo en que la disminución de las ediciones “al peso” de libros de papel hará que se acabe con menos árboles, pero ¿quién nos garantiza que ante la aparición del libro digital, los ecologistas de todo el mundo no empiecen a protestar contra la edición de un solo tomo en papel?
¿No terminará desapareciendo el libro tradicional?
Otro ámbito en el que parece estarse asentando definitivamente la edición digital de libros es la educación. Era de esperar, tras la meteórica incursión que la tecnología ha hecho en las aulas durante la última década. Aunque en Canarias estemos a la cola, son habituales en España las aulas donde no se usa absolutamente ningún material que no sea digital: desde las pizarras interactivas hasta los ordenadores portátiles con los que el Gobierno ha dotado a los alumnos desde primaria.
Pronto empezarán a sustituirse los libros de texto tradicionales en los colegios e institutos por dispositivos preparados para el libro digital. Ya existe toda una regulación minuciosa para que este tipo de libros no puedan encontrarse gratuitamente por internet, lo que hará que tengan que comprarse igualmente, pero vaciará las maletas de niños y adolescentes; terminando con el eterno problema de las espaldas cargadas.
Pero ese peso se pierde también en las relaciones humanas: entramos de lleno en la era digital totalitaria, en la que los niños no sabrán relacionarse sin máquinas de por medio; en la que para todo tendrán que interactuar con una pantalla; en la que ya no habrá que hablar ni tan siquiera con el compañero para pedirle prestado el lápiz o el bolígrafo.
Y en la que, además, no hará falta tener perro que se coma sus deberes; porque bastará con que el niño avispado de la clase se excuse en una frase mucho más sencilla: “Maestra, se me ha fundido el libro”.

2 comentarios:



Kloud dijo...

Muy bueno xDDDD.

Y los profesores se comerán la cabeza tanto como se la comen ahora con la "juventud" de hoy día??? Seremos capaces de asimilar el futuro que nos depara la tecnocracia?

¿Quien sabe? o_O

Kashir dijo...

Leer en el ordenador es un asco, prefiero el formato de toda la vida, aún no siendo un amante de la lectura.

Sin más.